La respuesta natural del cuerpo, la defensa, la reacción.
No más que miedos fugaces de desesperación.
Y lo irónico: Todo está bien alrededor.
No hay temor, no hay rencor, la cabeza es el error. La destreza con la que se mueve, los malos movimientos son los que hieren, los que te llevan a un laberinto donde todo se ve distinto, que no te deja procesar lo que está bien de lo que está mal, lo que está fuera de su lugar.
Y así van y vienen, como una pelota de ping pong, que ignora las risas, el sabor, las caricias, el alfajor, el tacto, la sensación. La hermosa sensación que te permite respirar, llenarte de aire para volar, viendo el cielo pasar, la gente bailar, escucharlos cantar, abrirte a soñar, y mucho mucho más.
Dejalo escapar, soltalo en el mar, quemalo.
Sacá la basura, tirá la cadena, barré las esquinas, rompé las barreras.
Que nada dentro tuyo te impida lograrlo. Sentilo, abrazalo, llorá si es necesario, pero nunca le hagas caso.
Besalo y despedilo, porque no lo necesitás a tu lado.
Más importante es la chispa que te permite seguir explorando.

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