lunes, 27 de julio de 2015

Increíble tentación es el amor

Los príncipes no me llaman la atención, dan un chasquido y obtienen todo lo que quieren, están rodeados de princesas, sus espejos están bañados en oro. Ven más los quilates que su mismísimo reflejo.
Me gustan los plebeyos que cabalgan con caballos salvajes, que para peinarse se miran en el agua del río, que para conseguir lo que quieren se van de viaje.
De esos me suelo enamorar, de esos que se la rebuscan, de esos que andan.
Me encariñé con plebeyos que no pueden compartir sus aventuras conmigo.
Me encariñé, tal vez, con plebeyos que amaban diferente a mí.
Me encariñé con esos que no soñaban con sorprenderme llevándome a otro pueblo desconocido, ni conociendo parques llenos de flores.
Me encariñé con los plebeyos que no se dieron cuenta de que era una princesa, una sencilla y transparente princesa que buscaba algo más que el príncipe promedio.
Se olvidaron, tal vez, ignoraron, el hecho de que yo estaba ahí para mucho más que este conocido lugar, y no pudieron aprovechar la ciudad.


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