Que la toquen, que la abracen. No como si su cuerpo fuera de látex, sin vida, sin simpatía. No le bastaba nada de lo que le hacían. Se refería a algo de verdad, que de sólo pensar la hacía temblar. Sentir cada centímetro de humedad, de calorcito, hundirse en un mar de gritos y deshacerse de todas las penas.
Eso quería, algo real, que se pueda tocar, que le haga sentir el mar dentro suyo, inundarse de espuma.
Que sea llorar, o reír. Disfrutar, simplemente, de su cuerpo y su mente. Recibir ese cuidado que sólo ella podía darse, y el cual se lo merecía más que nadie.

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